sábado, 12 de julio de 2008

El Legado Intocable (parte 1)

Era un nuevo amanecer en Seibrum, las aves cantaban las mismas melodias oníricas desde tiempos antiquísimos y la belleza se hacía letanía al descansar la mirada en sus parajes, pues los rayos solares, tangenciales desde oriente y filtrados por frondosos follajes, generaban una neblinosa vision matutina capaz de otorgarle una nueva categoria al paisaje: la de Edén inmaculado.
Multiples bestias adornaban estas tierras, entre ellos los Bezalios, criaturas capaces de mutar su naturaleza a un punto tal que podían dejar escapar luz de su pelaje. De ellos, Sesgor, una cría saliendo de su infancia, sería quien viviría las más grandes aventuras de la comunidad bezalina, pues contaba con una inteligencia superior que le permitía mantener un control de sus habilidades a niveles extranaturales.
Solía pasar períodos de profunda reflexion camuflado entre los Hirones, aves voladoras capaces de viajar a velocidades cósmicas.

Cierto día subió a las nubes y vigiló su mundo. Vió la vida, abriéndose verde paso por la tierra, observó los sabios corazones de viejos hombres, emisarios exploradores de nuevas realidades, que, tras años de vagar, inundarán de nuevos pensamientos e ideales a sus extraños universos paralelos...

miércoles, 2 de julio de 2008

Polvo de huellas

Voltea a ver tus huellas,
siempre habrá alguna que no podrás reconocer.
Has cambiado hombre, has cambiado,
más contemplador que contemplable,
saciado de amores,
ansioso de nostalgias.
Lejos amaneció, cerca oscurecerá,
en tu lecho contemplarás si de bienes has de contar,
mas tus huellas no podras borrar,
pues tras hacerlas
la tierra suelta ya se dejó soplar
y polvo alguno jamás atraparás,
excepto el de tu amante,
que lloras sólo en ella de pensar.
Dérmicos surcos, longevas privaciones,
no pudiste tu camino asfaltar,
te prometo,
ahora nada te habrá de faltar,
porque, cual abeja,
el polvo de huellas polen cargó
y en la flor más bella
tu mas fiel reflejo sembró.
Te propongo que viajemos,
que junto a los mares adoremos,
y soñemos,
que de punta en punta podemos pasar
sobre los sigilosos corazones
de aquellas hermanadas montañas,
que, como Dios, vieron nuestros días comenzar.