jueves, 30 de julio de 2009

Más allá de los contrastes

En tiempos en que las relaciones con lo divino eran de ya olvidadas características, ocurrió un suceso recordado pero poco difundido, en que alguien, de desconocida procedencia y credo, dijo haber sido llevado a un lugar...

El anciano apareció, tras recostarse en su sillón, de la mano de un hombre, bastante más alto que él, de lívido andar y mirada calma, que lo encaminó a su lado por un largo puente hecho de algo que parecía ser oro.
Varios metros llevaban avanzados cuando el extraño le dijo "hoy aprenderás la lección de una vez, hermano pequeño"...
Roberto, al contrario de lo que se pudiese imaginar, se sentía plenamente plácido dando aquel inesperado paseo.
Asomó la cabeza por el barandal y observó la mar de nubes que inundaban todo lo visible más abajo y hasta los horizontes, que se difuminaban en un infinito incomprensible.
De pronto, los pasamanos de tibio marfil desembocaron en un alto portón, de imponentes manillares y a cuya derecha exhibía la leyenda "Infierno".
Sólo en ese momento el octogenario liberó una expresión que delataba su terrenal naturaleza, ahogando un grito temeroso que tensó sus dedos. "Tranquilo, estás conmigo", fue la respuesta de su compañero.
"Ahora, hermano, pasaremos al salón principal del Infierno".
Abrió el gigante las puertas y dejó ver en el interior un lujoso salón, con grandes ventanales que daban a un jardín lleno de altísimos árboles.
Al fondo se hallaba una escalinata de diseños elegantes y tamaños majestuosos y, a su lado, un fino reloj con números dorados.
"Es la hora del almuerzo", escuchó decir el anciano justo antes de que, tras un leve destello, apareciera en el centro de la sala una mesa sobre la cual se depositaban toda clase de manjares, grandes presas de carne, ensaladeras rebosantes de frescas hojas verdes, exóticas frutas, vinos del más alto nivel y un sinfín de lujos que el anciano jamás imaginó dignos del Averno.
Al cabo de unos instantes, se abrió una puerta por la cual comenzaron a salir los que, el anciano dedujo, eran los huéspedes del lugar. Eran hombres y mujeres de rostros tristes, miradas lánguidas y cuerpos agónicos que fueron sentándose sigilosamente alrededor de la mesa. No fue difícil notar en ese instante, que las proporciones de los muebles eran de un gigantismo grotesco para la humilde talla de los comensales, que, para peor desgracia, vieron cómo sus espaldas eran aferradas al respaldo por medio de grandes cuerdas que surgieron sobre sus hombros.
La inmovilidad que ahora los abordaba no dejaba opción alguna de capturar bocado, puesto que la mesa, de anchísima cubierta, tenía ubicados los platos al centro, a más de un metro de aquellas personas.
Sin embargo, y como aparente ayuda, con un segundo destello aparecieron en las manos de todos unos suntuosos cubiertos, también de enormes dimensiones.
Realizando grandes esfuerzos por siquiera levantar los tenedores, los huéspedes intentaron por horas vanamente comer, mas al atrapar algún alimento (también dificultosamente) les era imposible llevárselos a la boca a causa del descomunal largo de las herramientas.
"En fin" dijo el alto hombre, segundos antes de tomar la mano del viejo para llevarlo afuera del salón.
Sin entender nada aún, Roberto se dejó guiár por un largo túnel, en el que, tras un pausa, se fue quedando dormido.
Despertó en lo que parecía ser el mismo punto de partida, al pie de un alto portón que daba a un puente dorado. "¿Volvimos?" dijo.
"No, hermano, ahora estamos en el cielo, aquí observaremos la cena".
Entraron al salón, notando el anciano que era exactamente igual al anterior que habían visitado, excepto porque todo estaba adornado con flores y se olía una generosa primavera.
Mientras echaba un vistazo comenzaron a llegar los asistentes, todos con un semblante saludable y bajo cuyas narices se dibujaban las más alegres y hermosas sonrisas. Algunos venían abrazados, conversando, cantando o de la mano.
Así de distinto transcurría todo cuando apareció nuevamente una mesa, pero para sorpresa del anciano, ésta tambien era enorme. También los comensales estaban aferrados a su silla y tampoco les era alcanzable ningún plato.

Sin embargo, para nadie fue problema ni motivo de preocupación, puesto que cada uno disponía de joviales fuerzas para tomar sus pesados cubiertos y, a pesar de no poder llevarse comida a la boca, todos se fueron muy satisfechos y aún más alegres que cuando llegaron...

El secreto estaba en que cada huésped tomó su cubierto y, con amable delicadeza, lo puso frente a la boca de su compañero de enfrente, dándole así lo que le fuese pidiendo hasta que ya no quedó nada sobre la mesa...

Con esta visión volvió Roberto a su tierra, lugar en que su pasar no volvió a ser el mismo.


viernes, 24 de julio de 2009

Miedo mortal

No sé qué ocurre, si la nata de la leche que lleva varios dias servida se hizo alimento de moscas o si las moscas comenzaron de pronto a nacer de las raíces de la tierra para alimentarse de sus mejores creaciones, como una regurjitación geofágica de la Pachamama.

Alguna de esas dos cosas debe ser.

Es que la sociedad posee un estómago de ácidos ciegos, que consumen todo desde adentro casi sin saciarse nunca, sin distinguir más que a su propia molécula constituyente, para así aniquilar todo intento de reivindicación de las minorías razonables.
Esta cosa de los macropoderes dominantes se desbocó y, peor aún, cayó en malas manos y de manera mal habida... y a vista y paciencia de decenas de generaciones.

La vaca tiene la teta cansada, pero sigue siendo ordeñada... el caballo tiene las herraduras en las rodillas, pero sigue andando sin dejar de sangrar...

Es una era de vómitos reciclados y fecas que sirven de comida, una era de sexo descarriado y negación ante el futuro.

El vulgo, ignorante y poco reflexivo, se suma con frecuencia a la ilusión colectiva que dió origen a la sensación de "presente", algo que el hombre jamás consideró más que como algo existente pero imperceptible, excepto en los años que hoy corren, en que se oye usualmente decir "yo vivo el presente, sin pensar en el mañana".
Qué burda excusa para no parecer incapacitado de planificar, de ser consecuente!
Es el miedo al error el que conduce al error mismo, es el escapar de las presiones del perfeccionismo el que nos hace ser imperfectos.

El mundo se apaga y no es por otra cosa que por cobardía, por el tan aparentemente extinto miedo al fracaso.