En tiempos en que las relaciones con lo divino eran de ya olvidadas características, ocurrió un suceso recordado pero poco difundido, en que alguien, de desconocida procedencia y credo, dijo haber sido llevado a un lugar...
El anciano apareció, tras recostarse en su sillón, de la mano de un hombre, bastante más alto que él, de lívido andar y mirada calma, que lo encaminó a su lado por un largo puente hecho de algo que parecía ser oro.
Varios metros llevaban avanzados cuando el extraño le dijo "hoy aprenderás la lección de una vez, hermano pequeño"...
Roberto, al contrario de lo que se pudiese imaginar, se sentía plenamente plácido dando aquel inesperado paseo.
Asomó la cabeza por el barandal y observó la mar de nubes que inundaban todo lo visible más abajo y hasta los horizontes, que se difuminaban en un infinito incomprensible.
De pronto, los pasamanos de tibio marfil desembocaron en un alto portón, de imponentes manillares y a cuya derecha exhibía la leyenda "Infierno".
Sólo en ese momento el octogenario liberó una expresión que delataba su terrenal naturaleza, ahogando un grito temeroso que tensó sus dedos. "Tranquilo, estás conmigo", fue la respuesta de su compañero.
"Ahora, hermano, pasaremos al salón principal del Infierno".
Abrió el gigante las puertas y dejó ver en el interior un lujoso salón, con grandes ventanales que daban a un jardín lleno de altísimos árboles.
Al fondo se hallaba una escalinata de diseños elegantes y tamaños majestuosos y, a su lado, un fino reloj con números dorados.
"Es la hora del almuerzo", escuchó decir el anciano justo antes de que, tras un leve destello, apareciera en el centro de la sala una mesa sobre la cual se depositaban toda clase de manjares, grandes presas de carne, ensaladeras rebosantes de frescas hojas verdes, exóticas frutas, vinos del más alto nivel y un sinfín de lujos que el anciano jamás imaginó dignos del Averno.
Al cabo de unos instantes, se abrió una puerta por la cual comenzaron a salir los que, el anciano dedujo, eran los huéspedes del lugar. Eran hombres y mujeres de rostros tristes, miradas lánguidas y cuerpos agónicos que fueron sentándose sigilosamente alrededor de la mesa. No fue difícil notar en ese instante, que las proporciones de los muebles eran de un gigantismo grotesco para la humilde talla de los comensales, que, para peor desgracia, vieron cómo sus espaldas eran aferradas al respaldo por medio de grandes cuerdas que surgieron sobre sus hombros.
La inmovilidad que ahora los abordaba no dejaba opción alguna de capturar bocado, puesto que la mesa, de anchísima cubierta, tenía ubicados los platos al centro, a más de un metro de aquellas personas.
Sin embargo, y como aparente ayuda, con un segundo destello aparecieron en las manos de todos unos suntuosos cubiertos, también de enormes dimensiones.
Realizando grandes esfuerzos por siquiera levantar los tenedores, los huéspedes intentaron por horas vanamente comer, mas al atrapar algún alimento (también dificultosamente) les era imposible llevárselos a la boca a causa del descomunal largo de las herramientas.
"En fin" dijo el alto hombre, segundos antes de tomar la mano del viejo para llevarlo afuera del salón.
Sin entender nada aún, Roberto se dejó guiár por un largo túnel, en el que, tras un pausa, se fue quedando dormido.
Despertó en lo que parecía ser el mismo punto de partida, al pie de un alto portón que daba a un puente dorado. "¿Volvimos?" dijo.
"No, hermano, ahora estamos en el cielo, aquí observaremos la cena".
Entraron al salón, notando el anciano que era exactamente igual al anterior que habían visitado, excepto porque todo estaba adornado con flores y se olía una generosa primavera.
Mientras echaba un vistazo comenzaron a llegar los asistentes, todos con un semblante saludable y bajo cuyas narices se dibujaban las más alegres y hermosas sonrisas. Algunos venían abrazados, conversando, cantando o de la mano.
Así de distinto transcurría todo cuando apareció nuevamente una mesa, pero para sorpresa del anciano, ésta tambien era enorme. También los comensales estaban aferrados a su silla y tampoco les era alcanzable ningún plato.
Sin embargo, para nadie fue problema ni motivo de preocupación, puesto que cada uno disponía de joviales fuerzas para tomar sus pesados cubiertos y, a pesar de no poder llevarse comida a la boca, todos se fueron muy satisfechos y aún más alegres que cuando llegaron...
El secreto estaba en que cada huésped tomó su cubierto y, con amable delicadeza, lo puso frente a la boca de su compañero de enfrente, dándole así lo que le fuese pidiendo hasta que ya no quedó nada sobre la mesa...
Con esta visión volvió Roberto a su tierra, lugar en que su pasar no volvió a ser el mismo.
El anciano apareció, tras recostarse en su sillón, de la mano de un hombre, bastante más alto que él, de lívido andar y mirada calma, que lo encaminó a su lado por un largo puente hecho de algo que parecía ser oro.
Varios metros llevaban avanzados cuando el extraño le dijo "hoy aprenderás la lección de una vez, hermano pequeño"...
Roberto, al contrario de lo que se pudiese imaginar, se sentía plenamente plácido dando aquel inesperado paseo.
Asomó la cabeza por el barandal y observó la mar de nubes que inundaban todo lo visible más abajo y hasta los horizontes, que se difuminaban en un infinito incomprensible.
De pronto, los pasamanos de tibio marfil desembocaron en un alto portón, de imponentes manillares y a cuya derecha exhibía la leyenda "Infierno".
Sólo en ese momento el octogenario liberó una expresión que delataba su terrenal naturaleza, ahogando un grito temeroso que tensó sus dedos. "Tranquilo, estás conmigo", fue la respuesta de su compañero.
"Ahora, hermano, pasaremos al salón principal del Infierno".
Abrió el gigante las puertas y dejó ver en el interior un lujoso salón, con grandes ventanales que daban a un jardín lleno de altísimos árboles.
Al fondo se hallaba una escalinata de diseños elegantes y tamaños majestuosos y, a su lado, un fino reloj con números dorados.
"Es la hora del almuerzo", escuchó decir el anciano justo antes de que, tras un leve destello, apareciera en el centro de la sala una mesa sobre la cual se depositaban toda clase de manjares, grandes presas de carne, ensaladeras rebosantes de frescas hojas verdes, exóticas frutas, vinos del más alto nivel y un sinfín de lujos que el anciano jamás imaginó dignos del Averno.
Al cabo de unos instantes, se abrió una puerta por la cual comenzaron a salir los que, el anciano dedujo, eran los huéspedes del lugar. Eran hombres y mujeres de rostros tristes, miradas lánguidas y cuerpos agónicos que fueron sentándose sigilosamente alrededor de la mesa. No fue difícil notar en ese instante, que las proporciones de los muebles eran de un gigantismo grotesco para la humilde talla de los comensales, que, para peor desgracia, vieron cómo sus espaldas eran aferradas al respaldo por medio de grandes cuerdas que surgieron sobre sus hombros.
La inmovilidad que ahora los abordaba no dejaba opción alguna de capturar bocado, puesto que la mesa, de anchísima cubierta, tenía ubicados los platos al centro, a más de un metro de aquellas personas.
Sin embargo, y como aparente ayuda, con un segundo destello aparecieron en las manos de todos unos suntuosos cubiertos, también de enormes dimensiones.
Realizando grandes esfuerzos por siquiera levantar los tenedores, los huéspedes intentaron por horas vanamente comer, mas al atrapar algún alimento (también dificultosamente) les era imposible llevárselos a la boca a causa del descomunal largo de las herramientas.
"En fin" dijo el alto hombre, segundos antes de tomar la mano del viejo para llevarlo afuera del salón.
Sin entender nada aún, Roberto se dejó guiár por un largo túnel, en el que, tras un pausa, se fue quedando dormido.
Despertó en lo que parecía ser el mismo punto de partida, al pie de un alto portón que daba a un puente dorado. "¿Volvimos?" dijo.
"No, hermano, ahora estamos en el cielo, aquí observaremos la cena".
Entraron al salón, notando el anciano que era exactamente igual al anterior que habían visitado, excepto porque todo estaba adornado con flores y se olía una generosa primavera.
Mientras echaba un vistazo comenzaron a llegar los asistentes, todos con un semblante saludable y bajo cuyas narices se dibujaban las más alegres y hermosas sonrisas. Algunos venían abrazados, conversando, cantando o de la mano.
Así de distinto transcurría todo cuando apareció nuevamente una mesa, pero para sorpresa del anciano, ésta tambien era enorme. También los comensales estaban aferrados a su silla y tampoco les era alcanzable ningún plato.
Sin embargo, para nadie fue problema ni motivo de preocupación, puesto que cada uno disponía de joviales fuerzas para tomar sus pesados cubiertos y, a pesar de no poder llevarse comida a la boca, todos se fueron muy satisfechos y aún más alegres que cuando llegaron...
El secreto estaba en que cada huésped tomó su cubierto y, con amable delicadeza, lo puso frente a la boca de su compañero de enfrente, dándole así lo que le fuese pidiendo hasta que ya no quedó nada sobre la mesa...
Con esta visión volvió Roberto a su tierra, lugar en que su pasar no volvió a ser el mismo.