La mano se batía entreabierta en el vacío mientras dos conejos pastaban tranquilos sobre la uña del anular. Me desplacé antigravitatoriamente por la palma y rasgué furioso la epidermis, como si de la enajenada búsqueda de un perro por su hueso se tratase. Los nudillos sobresalieron entonces ante la empuñadura defensiva de mi mundo, en un movimiento del que aquellos lagomorfos nunca se enteraron. Huí de las yemas, despavorido, hacia algún lugar mas seguro hacia el sur. Corrí tan veloz que no alcancé a notar que mis pies se habian elevado y mi cuerpo se hallaba tan alto en la penumbra que parecía tener la intención y la osadía de transformarse en una amenaza para la territorialidad divina. Busca en el infierno y hallarás el cielo.