lunes, 5 de enero de 2009

En el sombrío regazo del conocimiento

Si existe un lugar que para mí marcó un hito en el año universitario que ya termina, es la sala 856, pues ahí tuve mi primera clase de Publicidad.
Sin embargo, no es la sala en sí la que me llamó más la atención ese día, sino las extrañas ventanas.
De inerte y fúnebre aspecto, estos muros vítreos han visto pasar y florecer a innumerables generaciones y han sido mudo testigo de los inicios de historias de amor y desamor, de penas y alegrías, ternuras y rudezas, en fin, de múltiples emociones humanas.
Imagino, bajo lógico juicio, que su diáfana naturaleza fue oscurecida con la intención de impedir el paso de la luz y así facilitar las clases y presentaciones en powerpoint.
Por otro lado, objetivamente hablando, estas ventanas se componen de dos cuerpos cada una (son 3 en total, ubicadas una al lado de la otra a lo largo de todo el ancho de la sala), ambos correderos según recuerdo, con sistema de cerrado por presión -nada de cerraduras- y además separan a la 856 del pequeño “patio” divisorio entre Publicidad y una zona de Arquitectura.
Ahora, dejando de lado la objetividad y echando a volar el instinto detectivesco, es necesario mencionar la adquisición (y su posible sobrenatural implicancia) de peculiares cualidades por parte de este trío de ex lumbreras, pues, casi a modo de pacto con el diablo, a cambio de la transparencia de sus almas se les otorgó la capacidad de actuar como multiplicador del llameante sol estival y como imbatible barrera desabrigadora del mismo en invierno.
Esto, que para muchos es un dato conocido pero de ninguna relevancia, no deja de generar en mi cierta suspicacia, sobre todo considerando que, a vista y paciencia de estos aparentes enviados del mal, se tejen y trabajan los pensamientos de los cerebros encargados de manejar las actitudes de las masas para moverlas hacia el consumismo.
Extraña sensación de infernalidad es la generada por estos ventanales, pues la exacerbación térmica de la cual son responsables limita la capacidad intelectual de los seres que alberga el interior de la sala que estos conforman, haciéndolos caer en una especie de trance, mermando su resistencia, facilitando su cambio actitudinal para hacerlos más susceptibles al ataque de los valores que el Averno impondría en este mundo.
Con esto me refiero a que una mente desconcentrada, producto de las temperaturas extremas, se hace mucho más débil ante los embates argumentativos que forman los, comúnmente conocidos, lavados de cerebro.
No es algo difícil - para algunas personas- el suponer que entes superiores, de naturaleza maligna (es decir, oscura, tal como los vidrios de los cuales hablo) deseen atraer la atención del ganado humano, que cubre la tierra, hacia los placeres terrenales, acostumbrándolo al manejo y el amor por los capitales.
En fin, para el hombre de fe y conmovible por sutiles hechos dignos de sospecha, la sola existencia de ventanas negras en reemplazo de cortinas es capaz de crear toda una teogonía de variable magnitud, llegando incluso a invertir el método científico en pos de la comprobación de su hipotética e incertificable verdad.

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