martes, 29 de diciembre de 2009

Ya es verano

El cielo se vuelve generoso y compasivo con aquellos a los que meses antes no les tuvo compasión. La gente perdona fácil. Agua y niños son amigos de nuevo, danzan, se chapotean, olvidan las viejas discusiones mudas y los barriales tras la puerta. Quedan en el olvido esas noches en vela por el ruido de las goteras y, por otro lado, el viento es tan bien recibido que casi se le permitiría esta vez llevarse el techo con tal de refrescar los interiores.
Cuatro estaciones alcanzan para perdonar y reconciliarse, para regenerar las heridas de la vergüenza y entrar en un oasis anímico de sabidas consecuencias.
Es común ver por estos días a gente que se desprende de su dignidad tán rápido como de su ropa, viejas asquerosas mostrando los perniles y poniéndolos al sol, como si así se les fuera a evaporar el sebo.
También es común descubrir que la vecina quinceañera se ha vuelto exuberante y que sus hombros ya no protegen su naciente adultez, echándose ahora orgullosos hacia atrás, como invitando a las pupilas a contraerse en sus juveniles destellos.
Grandiosos son los veranos, aunque hagan extrañar al invierno, aunque aumenten los olores, aunque las erecciones sean más difíciles de ocultar, aunque la sangre estorbe en las sienes, aunque sepamos que no son para siempre, aunque pique más todo.
Me gusta el verano.

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